Uno de los ambientes que fue testigo de interesantes exploraciones.
lunes, 29 de junio de 2009
Accidente durante el proceso de la elaboración de El Maestro
Evento clave que obligó al viraje de esta historia
Era la tarde del sábado 15 de mayo de 2004, limpié exhaustivamente el taller, contemplando de tanto en tanto aquella obra. Mirándola detenidamente, consideraba que había realizado una estupenda obra. Pensé preparar el ambiente el ambiente para un momento de oración e invitar a algunas personas cercanas a participar. Era justo que mis amigos y amigas, fueran los primeros en disfrutar la conclusión del modelado artístico del Señor, y juntos agradeciéramos a Dios tal evento. No sé como sucedió, moví ligeramente la mesa, tratando de hacer más espacio e inesperadamente cedieron la patas. Lentamente, sin atinar a moverme, presencié la aparatosa caída y posterior destrozo de la obra de arte. Grité como si algo terriblemente trágico acabara de acontecer, corrí por la casa, lloré como nunca, creía que todo estaba arruinado. No tenía el coraje de volver al taller, la imagen de mi Cristo destrozado punzaba aún mi mente. Algo en mí se había desmoronado, no era sólo el barro desperdigado en mil pedazos sobre el piso, o los trozos de cerca metálica mostrando las entrañas de la pieza… era la sensación de que un atisbo significativo en mí agonizaba. Preguntas rebeldes surgían en mi interior: ¿Por qué, si representaba al Señor? ¿Qué significa realmente esta caída? ¿Qué pasará ahora? ¿Y el compromiso con los clientes de la escultura?... En mi interior acontecía una gran batalla, mezclada de rabia, miedo, confusión, desilusión, desamparo.
Algunos presentes me animaron -después de unas cuantas gotas de esos calmantes fuertes- a bajar de nuevo al taller, tal vez no todo estaba perdido. Les di la razón, bajé con uno de ellos, y aún con lágrimas en los ojos entré y pude, poco a poco, evaluar los daños, eran muchos. Recorrí con la mirada cada rincón de la obra, comenzando por los pies. Cuando llegué la rostro, algo insólito había sucedido, no obstante el resto de los destrozos, su cara estaba intacta, con aquella sonrisa que ya tanto conocía y me atrapaba. Ante mis ojos se desplegaba una imagen de un hombre de barro invadido de numerosas heridas y con un semblante no sólo sereno sino sonriente. Mientras me preguntaba -ya más serena- que podría significar aquello, creí oír su voz tranquilizándome y animándome a levantarle. Le mire a los ojos y comprendí que no todo estaba perdido… Se había caído la imagen de Jesús que tan laboriosamente había trabajado durante meses, y su rostro sonriente me pedía que lo ayudara a levantarse, sola no podía.
No tuve tiempo de analizar mucho la situación, necesitaba las manos de hombres fuertes, había que mover más de cuatrocientos kilos de arcillas. Busqué ayuda en mis amigos seminaristas salesianos, quienes habían seguido de cerca todo el proceso, hasta ese entonces como simples espectadores y ahora como protagonistas de una nueva historia. Él decidió, a su manera, que muchas manos le tocaran para ayudarle a levantarse. Varios tuvieron que llenarse de su barro, y con la delicadeza de unos hijos cuando alzan a su padre, de esa forma se fue sentando de nuevo esta peculiar figura, abrazada por varios de sus seguidores, gente con la certeza de su presencia entre nosotros. Poco a poco se fue levantando y curiosamente tomó una postura distinta a la anterior, no hubo manera de modificarla, la maltratada estructura interna de pronto adquirió una singular firmeza haciendo imposible erguirlo como estaba antes del accidente.
El recinto perdió la impermeabilidad de NO TOCAR… todo el que llegaba podía tomar cualquier cosa que fungiera como instrumento de trabajo y “meterse” con el Señor. Quien con los pies, otros transformando el volumen de los hombros, alguien inventando algo nuevo para el cordón del cuello y algún bromista poniéndole zarcillo en la única oreja que se le ve. Yo miraba extasiada cómo todo un Dios se dejaba completar por manos aparentemente inexpertas pero deseosas de trabajar. La impronta del artista, su toque genuino y original se estaba diluyendo y esfumando en la pluralidad de “hacer al Señor”, muchas manos intervendrían en adelante y los créditos tendrían que distribuirse entre tantos, personas tan distintas entre sí, impregnadas con sueños y aspiraciones diferentes, formación e historias familiares variadas, pero con una realidad que los unificaba y los unía: EL SEÑOR. Aquel lugar adquirió un atractivo particular, la puerta se cerraría solamente por la noche, dejando a Él también hacer su parte.
Se trataba ahora de trabajar de igual a igual con otros, quizás ya no con el interés de hacer una obra de arte, sino más bien de representar al Amigo, alguien accesible, disponible en cualquier momento, de hecho por ello se sentó cómodamente, tiene todo el tiempo para nosotros, o mejor para quien lo busca.
Era la tarde del sábado 15 de mayo de 2004, limpié exhaustivamente el taller, contemplando de tanto en tanto aquella obra. Mirándola detenidamente, consideraba que había realizado una estupenda obra. Pensé preparar el ambiente el ambiente para un momento de oración e invitar a algunas personas cercanas a participar. Era justo que mis amigos y amigas, fueran los primeros en disfrutar la conclusión del modelado artístico del Señor, y juntos agradeciéramos a Dios tal evento. No sé como sucedió, moví ligeramente la mesa, tratando de hacer más espacio e inesperadamente cedieron la patas. Lentamente, sin atinar a moverme, presencié la aparatosa caída y posterior destrozo de la obra de arte. Grité como si algo terriblemente trágico acabara de acontecer, corrí por la casa, lloré como nunca, creía que todo estaba arruinado. No tenía el coraje de volver al taller, la imagen de mi Cristo destrozado punzaba aún mi mente. Algo en mí se había desmoronado, no era sólo el barro desperdigado en mil pedazos sobre el piso, o los trozos de cerca metálica mostrando las entrañas de la pieza… era la sensación de que un atisbo significativo en mí agonizaba. Preguntas rebeldes surgían en mi interior: ¿Por qué, si representaba al Señor? ¿Qué significa realmente esta caída? ¿Qué pasará ahora? ¿Y el compromiso con los clientes de la escultura?... En mi interior acontecía una gran batalla, mezclada de rabia, miedo, confusión, desilusión, desamparo.
Algunos presentes me animaron -después de unas cuantas gotas de esos calmantes fuertes- a bajar de nuevo al taller, tal vez no todo estaba perdido. Les di la razón, bajé con uno de ellos, y aún con lágrimas en los ojos entré y pude, poco a poco, evaluar los daños, eran muchos. Recorrí con la mirada cada rincón de la obra, comenzando por los pies. Cuando llegué la rostro, algo insólito había sucedido, no obstante el resto de los destrozos, su cara estaba intacta, con aquella sonrisa que ya tanto conocía y me atrapaba. Ante mis ojos se desplegaba una imagen de un hombre de barro invadido de numerosas heridas y con un semblante no sólo sereno sino sonriente. Mientras me preguntaba -ya más serena- que podría significar aquello, creí oír su voz tranquilizándome y animándome a levantarle. Le mire a los ojos y comprendí que no todo estaba perdido… Se había caído la imagen de Jesús que tan laboriosamente había trabajado durante meses, y su rostro sonriente me pedía que lo ayudara a levantarse, sola no podía.
No tuve tiempo de analizar mucho la situación, necesitaba las manos de hombres fuertes, había que mover más de cuatrocientos kilos de arcillas. Busqué ayuda en mis amigos seminaristas salesianos, quienes habían seguido de cerca todo el proceso, hasta ese entonces como simples espectadores y ahora como protagonistas de una nueva historia. Él decidió, a su manera, que muchas manos le tocaran para ayudarle a levantarse. Varios tuvieron que llenarse de su barro, y con la delicadeza de unos hijos cuando alzan a su padre, de esa forma se fue sentando de nuevo esta peculiar figura, abrazada por varios de sus seguidores, gente con la certeza de su presencia entre nosotros. Poco a poco se fue levantando y curiosamente tomó una postura distinta a la anterior, no hubo manera de modificarla, la maltratada estructura interna de pronto adquirió una singular firmeza haciendo imposible erguirlo como estaba antes del accidente.
El recinto perdió la impermeabilidad de NO TOCAR… todo el que llegaba podía tomar cualquier cosa que fungiera como instrumento de trabajo y “meterse” con el Señor. Quien con los pies, otros transformando el volumen de los hombros, alguien inventando algo nuevo para el cordón del cuello y algún bromista poniéndole zarcillo en la única oreja que se le ve. Yo miraba extasiada cómo todo un Dios se dejaba completar por manos aparentemente inexpertas pero deseosas de trabajar. La impronta del artista, su toque genuino y original se estaba diluyendo y esfumando en la pluralidad de “hacer al Señor”, muchas manos intervendrían en adelante y los créditos tendrían que distribuirse entre tantos, personas tan distintas entre sí, impregnadas con sueños y aspiraciones diferentes, formación e historias familiares variadas, pero con una realidad que los unificaba y los unía: EL SEÑOR. Aquel lugar adquirió un atractivo particular, la puerta se cerraría solamente por la noche, dejando a Él también hacer su parte.
Se trataba ahora de trabajar de igual a igual con otros, quizás ya no con el interés de hacer una obra de arte, sino más bien de representar al Amigo, alguien accesible, disponible en cualquier momento, de hecho por ello se sentó cómodamente, tiene todo el tiempo para nosotros, o mejor para quien lo busca.
sábado, 20 de junio de 2009
ESCULTURAS
ESCULTURA

Hablar de la interacción que se establece entre la persona y la masa informe del barro, dúctil, genuino, ingenuo e ignorante acerca de la transformación que sufrirá con el contacto de quien la interviene con delicadeza y reverencia, puede ser comparable con la aventura de explorar tierras desconocidas.
ESCULTURA
ESCULTURAS
ESCULTURA

¿Por qué de esa manera y no como las imágenes tradicionales? ¿Por qué en esa posición precisa, un tanto irreverente de sentarse en el piso? ¿Por qué con esa sonrisa pícara e infantil? ¿Por qué esa túnica rústica y ese tosco cordón ajustado a la cintura? ¿Y esas sandalias de época indefinida? ¿Qué intención se escondía al hacer unas manos y unos pies de un obrero ordinario?
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